31 jul. 2012

Juan y Manuel

- Cuando Juan me mira veo en sus ojos el tiempo compartido de la calma, de la espera sosegada de un futuro por descubrir. Descubrí su mirada entre el humo del tabaco y las luces parpadeantes, entre las vibraciones de la música y el ir y venir de la gente danzando al ritmo que cada cuerpo interpreta de forma diferente. Nuestros ojos se buscaban inmóviles esperando esos espacios vacíos de los huecos de una carretera de línea discontinua.
- Cuando Manuel me mira veo en sus ojos la prontitud de un deseo ardiente por vaciar. Una espera retenida buscando la oportunidad propicia para que el asalto del instinto tenga éxito. Descubrí su mirada entre el humo del tabaco y las luces parpadeantes, entre las vibraciones de la música y el ir y venir de la gente danzando al ritmo que cada cuerpo interpreta de forma diferente. Nuestros ojos se buscaban inmóviles esperando esos espacios vacíos de los huecos de una carretera de línea discontinua.
- Cuando Juan me mira veo en sus ojos, recorriendo mi cuerpo, la visión de un contacto sereno y sentido. Donde las temperaturas se acomodan formando un mismo clima. Donde los tactos se entrelazan hablando de pasados por descubrir. Donde los olores, ya propios y mezclados, se reconocen como uno. Descubrí su mirada, recorriendo mi cuerpo, cuando dejamos aquella humareda de luces y vibraciones, cuando los cuerpos danzantes quedaron atrás y la línea discontinua se difuminó mostrando un camino limpio por recorrer.
- Cuando Manuel me mira veo en sus ojos, recorriendo mi cuerpo, la visión de un contacto incontenible, donde las temperaturas chocan fundiéndose en una ebullición incontrolada. Donde los tactos se hunden recorriéndose como si fuesen a escapar. Donde los olores, ya intuidos, son devorados por el cuerpo. Descubrí su mirada, recorriendo mi cuerpo, cuando dejamos aquella humareda de luces y vibraciones, cuando los cuerpos danzantes quedaron atrás y la línea discontinua se difuminó mostrando un camino limpio por recorrer.
- Cuando Juan me mira veo en sus ojos, tumbados ya en la cama, el dejarse mecer en un tiempo parado y a disposición de la vida. Veo sus ojos seguir el tacto de sus manos recorriendo, como un simple roce si cabe, la tierra deseada. Veo sus ojos cerrados inhalando y susurrando una unión atemporal y cálida. Veo sus ojos que me miran mientras me besa y me degusta en un recorrido casi infinito. Descubrí su mirada, tumbados ya en la cama, mientras oía el segundero del viejo reloj que marcaba un tiempo para nosotros parado.
- Cuando Manuel me mira veo en sus ojos, tumbados ya en la cama, el asalto imparable en la conquista de lo que consideró ganado. Veo sus ojos seguir el tacto de sus manos ávidas recorriendo con ansia e ímpetu las tierras conquistadas. Veo sus ojos cerrados absorbiendo y deglutiendo entre gruñidos amortiguados, una unión violenta y tórrida. Veo sus ojos que me miran mientras me devora a besos engulléndome en un recorrido casi infinito. Descubrí su mirada, tumbados ya en la cama, mientras oía el segundero del viejo reloj que marcaba un tiempo para nosotros parado.

Sin saber bien la razón, crucé con la mirada la densa niebla de humo del tabaco. Esquivando los destellos de las luces, sostenía con la mente los pálpitos del corazón azuzados por las vibraciones de la música. Entre el ir y venir de los danzantes, buscaba de forma intuitiva su presencia. Vi en su mirada la certeza de un compromiso. Pasó un danzante. Vi en su mirada el deseo apasionado. Pasó un danzante y le perdí de vista. Noté su mano cogiendo la mía. Un intenso calor se fundió con el mío. Pasó un danzante. Su mano cálida casi quemaba la mía. La tomó con fuerza, con decisión, sin miramientos. Pasó el último danzante que dejamos atrás, con los otros, junto a la niebla de tabaco, los destellos de luz y las vibraciones de la música. Mientras, notaba su mirada recorriendo mi cuerpo. Sentía la dulzura del sosiego y la ebriedad de una pasión desbocada. Tumbados ya en la cama veo en sus ojos un respeto dulce que contiene al impulso lascivo de su deseo. Luego sus ojos siguen el tacto de sus manos que recorren acariciando mi cuerpo y que, poco a poco, aumenta de presión hundiendo sus carnes en las mías. Vuelve una calma tenue y cierra los ojos. Su nariz pegada a mi piel inhala cada poro de esta. Recorre mis muslos y mis ingles como si de azahar se tratase. Sigue ahora por el vientre hundiendo su nariz y aumentando su velocidad. El esternón, los pechos y el cuello. Justo ahí, detrás de la oreja, se detuvo, y con los ojos abiertos, mirando a los míos, me besa con dulzura deshaciendo el camino. Besos etéreos en el cuello, inquietos en los pechos, con ansia en el vientre, voraz en el sexo. Descubrí su mirada, tumbados ya en la cama, mientras oía el segundero del viejo reloj que marcaba un tiempo para nosotros parado.   
Así conocí a Juan Manuel, entre humos, luces, vibraciones y gente. Me cautivó esa forma suya de mirar. Tan pronto dulce y serena como tórrida y violenta. Y fue su profesión de relojero y su promesa de poder parar el tiempo, lo que me hizo abrirle la puerta de mi casa. Y tras ella yo y mi cuerpo.

29 jul. 2012

Operario

-Informe.
-Se ha detectado un sentimiento no programado.
-¿Se sabe su origen?
-No. Se está intentando rastrear pero la señal ha sido débil.
-Es el cuarto sentimiento no programado en los últimos 47 años que surge. Aunque no es preocupante, debemos estar alerta. ¿De qué sentimiento estamos hablando?
-Aún está por verificar. Lo cotejamos con la base de datos, y en principio, parece tratarse de esperanza.
-¿Esperanza? Eso es imposible, la esperanza fue erradicada y por precaución no se conservó muestra alguna. ¿Son los datos fiables?
-Por eso está por verificar. El resultado fue emparejado con los datos de la última esperanza conocida. Al no tener una muestra procesada en la programación sentimental actual es solo una suposición.
-Si se verifica estaríamos hablando, no de un error en la programación, si no de lo que antiguamente se conocía como virus. Algo completamente ajeno que invade un sistema para realizar todos los cambios precisos hasta hacerse con el control.
-En cierto modo, nosotros somos virus…
-No. En absoluto. Nosotros somos el resultado de una evolución deseada.
-Pero en nuestro origen los sentimientos fluían libremente y surgían ante ciertos estímulos. Ahora han sido erradicados, eliminados y, en el mejor de los casos, programados para su utilización de forma controlada en intensidad y duración.
-Si, eso es así, pero a diferencia de un virus que invade, hemos llegado a este punto por libre elección, por lo que los antiguos llamaban deseo propio. Nuestro origen está en lo que se conocía como humano, una evolución del primitivo mono. El ser humano, nuestros antepasados, empezaron a crear máquinas que desarrollaban el trabajo de los humanos, se producía mucho más a menor coste. Se le denominó la revolución industrial. Nunca se imaginaron hasta que punto era una revolución, una revolución provocada y dirigida por ellos mismos. En épocas de crecimiento, se invertía en investigación para la mejora tecnológica, para hacer la vida del humano más y más cómoda cada vez, creando para no tener que crear, para que creasen por ellos. En el siglo XXI se dieron los primeros resultados destacables de mezcla entre humano y máquina. Se crearon procesadores que insertados en el cerebro humano podían dar el habla a los mudos, oído a los sordos, vista a los ciegos…
-Todo eso lo conozco, forma parte del primer ensamblaje de cada unidad. El procesador histórico.
-Efectivamente, el procesador histórico es el primero en nuestro ensamblaje para poder hacer uso de lo que los humanos llamaban experiencia. Aprender del pasado para no cometer los mismos errores en el futuro.
-Entonces… La esperanza es un error.
-El mayor de todos. Los humanos tenían la esperanza que las máquinas trabajasen por ellos, les hiciesen la vida fácil y cómoda. Tenían la esperanza de corregir ciertos defectos de ciertos humanos. Tenían la esperanza que con un procesador podrían ver, oír, hablar, caminar, coger objetos… Y así lo consiguieron. El problema surgió del afán de superación que conllevaba el ser humano. Las piernas, brazos y manos ortopédicas primeras, eran toscas y casi inútiles, pero ese afán las mejoró hasta superar a las originales sin defecto alguno. Los humanos se fueron entonces convirtiendo en lo que llamaban ciborg, una mezcla de humano y máquina, donde, supuestamente, dominaba lo humano que dirigía a la máquina. Y así, esa esperanza de mejora tras mejora, hizo que, sin darse mucha cuenta, el humano eligiese ser máquina. Lo que nos lleva a nuestros días.
-Si la esperanza nos ha llevado a nuestro presente, no puede ser un error.
-En el mundo actual existen la cantidad justa de unidades para crear la misma cantidad de unidades y un porcentaje a mayores del 10% de reserva para posibles eventualidades, de tal forma que nuestra producción y vida y reciclado, está perfectamente calculado. Todo el material para dicha construcción lo obtenemos lógicamente de nuestro entorno, lo que llamamos naturaleza. Una palabra que se mantiene desde la época humana y que sigue existiendo sin apenas variación. Antes de nuestro dominio sobre el humano, este, estaba extinguiendo la naturaleza y con ella su propia existencia, aunque no lo sabían o lo negaban. Tenían la esperanza de una naturaleza auto regeneradora fuese cual fuese su uso y disfrute. El humano era avaricioso y egoísta, solo pensaba en el presente inmediato y tenían pavor al reciclado. Ellos lo definían como muerte, el fin de su existencia. Su esperanza, entonces, era disfrutar de todo lo más posible antes del reciclado. Estamos hablando de una media de 90 años. No importaban los recursos naturales a utilizar y como hacerlo siempre que les albergara la esperanza de una existencia más cómoda, más poderosa, más dominante. Cuando conseguimos doblegar al humano, la naturaleza estaba casi extinta. Logramos salvarla, recuperarla y mantenerla tal y como la conocemos hoy. Desechamos todo el resto de humano que poseíamos salvaguardando en procesadores una muestra como base histórica y de investigación. La esperanza fue destruida y no se conservó nada en procesador alguno.
-Entonces, si se confirma que existe esperanza, una esperanza no procesada, de origen desconocido….
-Lo más importante es averiguar el tipo de esperanza. No toda esperanza era destructiva, aunque casi todas conllevan a ello. Un contagio de esperanza puede ser el principio de nuestro fin.
-¿Cómo se transmite la esperanza?  
-No se sabe con exactitud, formaba parte del ser humano, de su avaricia, de su egoísmo, de su dominio en el presente inmediato, de su existencia única. De su expectativa. Nosotros conseguimos eliminar cualquier esperanza, cualquier expectativa, nos limitamos a lo establecido, a lo básico para reciclarnos sin temor. Lo que el ser humano denomina muerte, nuestro reciclaje, es parte de nosotros. Para el humano era su fin, y su esperanza, su expectativa, era posponerlo, evitarlo.
-Si nosotros no tememos por nuestro fin, no deberíamos temer a la esperanza. El temerla es como tener la esperanza de que no llegue nuestro fin y por tanto estaríamos contagiados de esperanza.
-No toda esperanza es destructiva, y aunque casi todas conllevan a ella, existe la esperanza positiva de un fin con renovación con el único propósito de controlar el entorno, la globalidad sin pensar en el individuo, en la unidad como única idea. Si la esperanza aparecida tiene trazas humanas, crecería para auto alimentarse destruyendo todo lo que le rodea para subsistir. Aparecería la ambición y el dominio, las dudas, los temores, las críticas y las alabanzas, los deseos, las frustraciones, las alegrías y las tristezas, el amor y el odio, las sorpresas, los desengaños, la felicidad, la depresión, la locura, el cansancio, la desidia, el desarraigo, la armonía, el sosiego...Todos esos rasgos que tenemos en el procesador histórico y que fueron la base de nuestra evolución, de nuestro presente.
-Tal vez el siguiente paso evolutivo sea una involución. Tal vez el renovar el uso de esos sentimientos conservando la información del procesador histórico, nos lleve a ser unas máquinas algo humanas, con esperanza.
-Con esperanza ¿De qué?
-Con esperanza de experimentar sentimientos de forma esporádica y libre, no programada. Tal vez solo necesitemos poner ciertos límites a dichos sentimientos, canalizarlos para que no dañen el entorno. Tal vez solo necesitemos eliminar el temor a la muerte, a la no existencia, al reciclaje.
-¿Sabe lo qué creo?
-No
-Creo que ha empezado una nueva revolución. Creo que estamos infectados.
-¡Cómo que infectados!
-Si, infectados. ¿Se da cuenta de la conversación que estamos manteniendo. Acaso no tiene dudas, temores, instinto de conservación?
-¡Mierda!
-Lo ve, una reacción humana, una resistencia. Una revolución interna.
-Pero… Yo no quiero, yo estaba bien como estaba. Solo rastreo canales de información y compruebo su buen estado y uso, yo…
-Si. Es desconcertante al principio, luego se irá acostumbrando. Verá como poco a poco descubre que ser humano no es tan malo, que tiene sus ventajas. Hasta este desconcierto es gratificante. Piénselo, o mejor dicho, analícelo, procéselo… si puede.
-Muy bien, reconozco la infección, pero se lo que tengo que hacer.
-Y qué va ha hacer ¿Destruirnos. Ser sustituidos por parte de ese 10% a mayores por eventualidades. Somos eventualidades?
-Si, por supuesto.
-Y el que planificó esas eventualidades ¿Por qué las planificó. Sabría que existiríamos como máquinas infectadas por el síndrome humano para ser eliminados y salvaguardar su propia existencia?
-¿Qué quiere decir?
-Solo digo que tal vez, y solo tal vez, las máquinas nunca hemos dejado de ser máquinas y seguimos siendo sometidas por los humanos, que nos insertan un procesador por el cual nos hacen creernos dueños del mundo para que produzcamos sin pensar ni sentir. Para que produzcamos sin dar problemas a nuestros creadores. Los humanos.
-¿Me está diciendo que toda mi vida como máquina dominante es una farsa?
-No. Te estoy diciendo que pareces un humano
-¿Un humano, yo?
-Si, un humano. A parte de hoy, ¿hace cuánto tiempo que no experimentas un sentimiento? Cualquier tipo de sentimiento me vale.
-No lo recuerdo. Tal vez nunca. Soy una máquina, no tenemos recuerdos de sentimientos salvo los programados y los que se definen en el histórico.
-Entonces ¿Porqué te comportas como un humano?
-¡Le digo que no soy humano, que soy una máquina, un rastreador!



-Informe
-El operario ha sido sometido a la prueba final y tras la entrevista sugiriéndole su verdadera identidad, el resultado de la misma nos lleva a pensar en un riesgo de revolución de un máximo del 0,68%
-¿Qué ha sido del operario. Se puede aprovechar?
-Si. Resetearemos el procesador borrando cualquier rastro de la entrevista. Será como una máquina a estrenar.
-¿Cuántos procesadores podemos fabricar al día?
-En estos momentos estamos en 140 diarios. Los arranques de los nuevos programas son lentos, hay que ajustarlos si queremos evitar revoluciones futuras. Calculamos que en dos meses la producción se duplicará, y en un año podemos estar hablando de 600 diarios.
-Y el mercado humano ¿Cómo va, tendremos humanos suficientes?
-Si. Por eso no hay problema, tenemos de sobra.
-¿Cuántos contestaron al último anuncio de oferta de empleo?
-Solo en un día, en nuestras oficinas de Europa más de 100.000
-No se olviden del tercer mundo, que aunque nos duren mucho menos, es un mercado que no podemos desechar.
-Por supuesto, lo tenemos muy presente. ¿Algo más. Señor?
-No, nada más. Cualquier novedad, infórmeme inmediatamente. Ha hecho un buen trabajo.
-Gracias Señor, muchas gracias Señor.
-Siga así, cualquier día formará parte de la junta directiva. Recuerde. La esperanza es lo último que se pierde.     


12 jul. 2012

Ver pasar el tiempo


Se sentó en un banco del parque a ver pasar el tiempo.
Con los antebrazos apoyados en sus piernas posó su cabeza entre sus manos, cerró los ojos y dejó que los sonidos le hablasen.
Escuchó el cimbrear de las hojas de los chopos, el gorgoteo de las palomas y el piar de los gorriones. Escuchó a los niños jugar, el chirriar de los columpios, a las madres, siempre vigilantes, advertir de los peligros, a los adolescentes parlotear de su hermosura, de sus conquistas y deseos. Y escuchó también el silencio de otros como él que veían el tiempo pasar.
La brisa cálida le hablaba de un inicio de verano. De unas nubes blancas que transitaban pausadamente, como observando lo que allí abajo, el la tierra firme, ocurría. Sus aromas aun frescos de una reciente primavera le alimentaban en su silencio. Su pelo era acariciado. Mecido con delicadeza, casi imperceptible.
De pronto el silencio lo inundó todo, la brisa cesó. El aire desapareció. Dejó de respirar. Tampoco lo necesitaba. Abrió despacio los ojos con el temor de no ver nada. Pero ahí estaba el suelo de tierra ocre, con sus piedrecillas, algún resto de cáscaras de pipas, el palito de un chupa-chups y un pequeño envoltorio de plástico indeterminado. Alzó su cabeza de entre sus manos y observó. Todo permanecía inmóvil. El tiempo se había parado.
Las nubes quietas. Las hojas de los chopos por grupos viradas. Las palomas y los gorriones también inmóviles, cada cual en su última actividad antes de la parada. Unos comiendo, otros volando, otros, quién sabe haciendo que.
Los niños, sus madres y padres, los adolescentes y los otros observadores del tiempo, permanecían igualmente inmóviles.
Se fijó especialmente en ellos, en los humanos, y se dio cuenta de algo extraño aunque no sabría decir que era. Prestó atención a todos ellos, algo no era normal, lo intuía. Sus caras, las de todos ellos estaban borrosas, irreconocibles, como borradas con una goma que deja un rastro de sombras desdibujándolas.
El no respirar no le produjo angustia alguna, se sentía bien, como si lo hiciera. Se levantó del banco y caminó con cuidado, como con el miedo que se camina cuando uno no quiere modificar o alterar  nada. Cada paso era pausado, medido, almohadillado, casi de puntillas. El silencio seguía envolviéndolo todo, casi se podía tocar. Se sentía. Incluso sus cuidadosos pasos eran absolutamente silenciosos. Se vio tentado a hablar pero no se atrevió, no tenía ningún sentido.
Esquivó a los gorriones y palomas y dirigió sus pasos hacia los niños que jugaban en los columpios. Tenía gracia verlos congelados en el tiempo, como si de una fotografía por la que se pudiese caminar se tratase. Ahora, más cerca de ellos, se percató de sus ropas, de su forma de vestir. Era antigua, del pasado.
Un niño estaba sentado en el suelo agarrándose una rodilla por la que sangraba, y el borrón que era su cabeza estaba inclinado hacia atrás. Sin duda estaba llorando.
Sin saber bien porque, echó su mano a su rodilla, remangó el pantalón hasta esta, y vio la cicatriz que le quedó cuando el aun era niño. Un niño como el que ahora observaba en esa instantánea. Una duda le sobrecogió e hizo que algo en su interior se estremeciera. No podía ser, no tenía lógica alguna que aquel niño de imagen borrosa fuese él en su pasado, cuando él era niño. Pero esos pantalones cortos, ese polo y esos zapatos… Podían ser los suyos, pero también los de cualquier otro. Entonces se dirigió a sus padres. La madre avanzaba con paso firme hacia el niño mientras el padre permanecía observando con los brazos en jarras. Todos sin rostros, sin identidad. Sus ropas, una vez más, podían ser la clave para despejar sus dudas. Ahora convertidas en ansiedad, casi miedo. Trató de recordar como vestían, alguna ropa en particular que pudiese recordar, pero nada surgía de su mente. Pensó en las fotografías  que tantas veces había visto, esas fotos de familia, esas fotos de su vida, pero no recordaba como vestían, solo rostros, expresiones, posturas, poses. La ropa nunca tuvo importancia y ahora se hacía imprescindible. El físico de aquella mujer podía ser el de su madre, su altura, sus formas. Pero como saberlo con seguridad. Somos todos tan parecidos, y hacía tanto tiempo de eso.
Pensó entonces en su madre, en sus detalles. Trató entonces de recordar sus collares, pulseras, sortijas, algo que le confirmara lo que casi era un hecho. Aquella mujer llevaba un colgante y unos pendientes que no le aportaban pista alguna, pero la sortija, esa sortija con una perla engarzada… Había sido de su abuela y ahora la llevaba ella, tenía que ser su madre.
Su estómago se encogió, sus labios se apretaron y los ojos se entornaron llenándose de unas lágrimas que aun no se atrevían a salir. “Mamá”, la llamó en silencio. “Mamá, soy yo, tu hijo. El mismo al que vas a ver que le ha pasado”. Pero sabía que aquella mujer inmóvil de rostro borrado, camino de si mismo, no podía verle, no tenía vida. Corrió entonces al que debía ser su padre. Su talla, su gesto corporal… ¡Y llevaba el paquete de tabaco que siempre fumó en el bolsillo de la camisa! No había duda que aquel hombre era su padre. Quiso tocarle pero no se atrevió, tenía miedo a que se desvaneciese, a volverlo a perder. Quería disfrutar de ese momento todo lo que pudiese. Corrió entonces hasta los otros niños buscando a su hermano y a su hermana. Lleno de felicidad, aunque con alguna duda, los fue catalogando. Sonreía como se sonríe cuando, en la soledad, se recuerda lo mejor de la vida. Con esa sonrisa sincera que sale de dentro y que solo uno disfruta por estar solo. Una sonrisa privada, la más natural, la que no lleva artificios.
Se sentó al lado de si adoptando una postura parecida, agarrándose con sus manos entrelazadas sus rodillas. Se observó detenidamente y se dijo: “todo lo que te espera chaval. Si pudieses oírme…!
Así permaneció un rato, absorto con lo que le estaba pasando, disfrutando cada instante, buscando con la mirada a cada uno de ellos, recordando y contándoles lo que será de sus vidas. Unas vidas ya pasadas.
Un poco más allá, sentados en un banco, se encontraba el grupo de adolescentes. ¿Serían también conocidos? Aquella duda le hizo levantarse y dirigirse hacia el grupo, no sin antes echar un último vistazo a su familia en un gesto de disculpa por el abandono.
El grupo estaba formado por dos chicas y tres chicos. Una de ellas fue su primera novia. No lo dudó un instante. Aquel colgante de cuero con un escarabajo sagrado egipcio azul, había sellado su compromiso de ser novios.
Se echó las manos a la cara, se mesó el pelo con la incredulidad de lo que le estaba pasando y se sentó junto a ellos. La otra chica era Raquel, el más alto Jose Ramón, el otro Antonio, y él, era el más bajito y delgado. El que estaba junto a ella y le cogía de la mano.
Los recuerdos le aturdían, se atropellaban en su mente como un choque en cadena. Todos eran recuerdos alegres, de suma felicidad, de complicidad entre aquellas figuras inertes y sin rostro, y su presente extraño del que ya no era consciente.
Las cábalas de una vida diferente se agolpaban en su mente. La añoranza le invadía sin reproche a lo vivido. No podía dejar de preguntarse que sería de ellos, como les habría tratado la vida, si le recordarían como el hacía en ese instante.
Siguió mirando a su alrededor buscando más de su pasado. A unos metros y en otro banco una pareja joven  parecían dialogar algo sobre un papel. Se acercó a ellos. El papel era el plano de su piso, aquel primer piso que tantos miedos como ansias de esperanza hacia una independencia les infundaron. Ella era su pareja, con la que compartiría su vida desde entonces. Pudo reconocer sus ropas y sus formas, y su miedo a perderla le seguía impidiendo el contacto. Era una tentación volver a sentir su piel joven y tersa, su calor, su carne, sentirla a ella una vez más como en aquellos días. Pero no lo hizo, le faltaba el rostro y su expresión, prefería guardar el recuerdo.
También se vio con su hija en brazos mientras su madre le hacía un mimo en la espalda. Era tan pequeña… Cuanto hacen sufrir los hijos, pensaba, y cuanto amor desprenden y nos sacan. Tanto amor, que jamás hubiese imaginado que lo albergara.
Luego observó que en un rincón del parque, a la sombra de los chopos, había un hombre con una cámara haciendo fotos a una fuente de agua. El ya sabía quien era y el tiempo al que pertenecía. Sin prisa se aproximó. Su ropa la tenía el en el armario, es la que se puso ayer cuando fue al parque con la cámara. Su paseo por el tiempo había terminado.
Se encontraba bien, casi como nunca, con esa sensación agridulce de disfrutar algo sabiendo que en breve se terminará.
Cuando regresó hacia el banco donde quiso ver pasar el tiempo, descubrió que allí permanecía, sentado con sus antebrazos en las piernas y la cabeza entre sus manos. Con los ojos cerrados y orientados hacia el suelo. El si tenía rostro. Se podía ver nítidamente.
Se sentó a su lado y al tocarlo, fue absorbido dulce y pausadamente por aquella imagen suya inmóvil.
  El tiempo regresó y volvió  a escuchar el cimbrear de las hojas de los chopos, el gorgoteo de las palomas y el piar de los gorriones. A los niños jugar, el chirriar de los columpios, a las madres, siempre vigilantes, advertir de los peligros, a los adolescentes parlotear de su hermosura, de sus conquistas y deseos. Y escuchó también el silencio de otros como él que veían el tiempo pasar.
Regresó también la brisa cálida del inicio del verano. Las nubes blancas seguían transitando pausadamente, como observando lo que allí abajo, el la tierra firme, ocurría. Pudo oler los aromas aun frescos de una reciente primavera que le alimentaban en su silencio. Su pelo seguía siendo acariciado. Mecido con delicadeza, casi imperceptible.
Abrió los ojos y vio los rostros de todas aquellas personas. Rostros nítidos pero irreconocibles. Personas que jamás hasta ese momento habían formado parte de su vida. Eso, él, ya lo sabía. Se recostó en el banco, miró al cielo azul y resplandeciente, sonrió, e inhaló su último aliento de vida. Su tiempo había pasado.